Al ritmo de las comparsas
- 20 mar 2018
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Son las 2:50 de la tarde, domingo. El sol se desliza por todas las esquinas de la calle y el mar se prepara para el evento. Las barandillas están listas, el carnaval de Santo Domingo se da cita en el Malecón, este año dedicado a la provincia San juan de la Maguana.
Los buhoneros se aglomeran como abejas en un panal. Jugos, palomitas, yum yum, caretas y dulces de coco, se amontonan en la entrada. “Salchichas, salchichas” dice una señora con la sonrisa de oreja a oreja. Los policías en las entradas organizan las filas, revolotean afros y revisan las carteras en la búsqueda de armas blancas.
Se escucha música urbana en el fondo mientras las personas se asoman a las verjas como hormiguitas en busca de su hormiguero. Cada vez más los barandales se quedan sin espacio. El público está listo ¡Que empiece el desfile!
A lo lejos se visualizan dos pájaros, debajo dos hombres que los sostienen, a punto de caer. Una señora con sombrero, camisa y zapatos de vaquero sostiene a su hija para que vea los especímenes.
Los niños encampanan las chichiguas, que vuelan sobre el mar confundiéndose con los pajaritos que pertenecen al cielo. Los colores se apoderan de la calle y se adueñan, sin pedir permiso, de la atención del público que boquiabiertos miran y fotografían los bailes de los colores.
De repente se asoma la comparsa “Los Diablos del Reino”, negro y naranja son los colores protagonistas del momento. “Yo voy a hacer una comparsa el año que viene”, dice la mujer vestida de vaquero con la seguridad de un niño que recién aprende a caminar.
Luego “El granero del sur” se estrella con la vista de todos. La multitud se aleja, la barandilla se desocupa, algo distrae la atención del público. En el mar se visualizan 11 motos de agua que corren a la velocidad del pez vela. Cinco segundos basta para verlos y regresar al desfile, la fiesta está en la calle no en el agua.
Colores, música, palomitas, bailan al ritmo de las comparsas. Una cabeza flotante descubre sus entrañas, hay un hombre debajo que suda sin cesar y la respiración se siente como suero de miel de abeja. Detrás, indios pintados de colores, con fotos de San Miguel Arcángel y otros santos. “Los indios del cachón” hacen su coreografía mientras dos de sus compañeros sostienen iguanas con las bocas atadas.
“Los Diablos de Barahona”, “Las Máscaras de las perlas del sur”, “Los Guaraguaos de Barahona” se dan cita en la calle que en un abrir y cerrar de ojos se convierte en el escenario de dominicanidad y cultura.
Pájaros amarillos, azules, verdes rojos y morados, llegan al desfile moviendo sus alas y dejando plumas por doquier. “Se le están cayendo las plumas de la cola”, susurra un señor que está pegado a la verja como una postalita. Le siguen “Los pintaos de Barahona” quienes bailan al compás de la música como si no hubiera un mañana.
¡Corran! ¡Corran! Ahí vienen ellos dando latigazos, “Los Cachuas del Cabral” asustan a todos a su alrededor. Azotan sus látigos contra el suelo y el sonido que producen se adueña de los oídos por milésimas de segundos.
Continúan las comparsas esparciendo alegría y sonrisas. “Esencia dominicana” desfila con escobas en la cabeza, instrumentos y frutas. Cámaras y rollos fotográficos a la vista, la comparsa “Séptimo arte” hace su debut en la plenaria. A centímetros de distancia “Los caballos de monte plata” galopan como profesionales.
El carnaval se convierte en el escenario de una campaña de prevención. “No seas el responsable de esto”, dicen los carteles transportados por hombres con zancos de la Fundación Cuidemos el Planeta.
Luego de 20 minutos parados en el mismo lugar, el desfile continuó como si nada pasó. Colores, emociones y cultura lo caracterizan. Llegan los “Fantásticos tradicionales”, diablos cojuelos multicolores asustan a los niños con sus caretas. “Carnaval seibano” y Santiago dicen presente con sus comparsas y los elementos autóctonos de las provincias.
El sol se fue a descansar y el viento marca su tarjeta de entrada para comenzar su labor. Las personas caminan, conversan y disfrutan de una bocanada de yodo, mientras otras están sujetan a las barandillas como si su vida dependiera de ello.
Los niños no se pierden del desfile, se visten de diablos cojuelos e imitan de forma sincronizada los movimientos al zar que hacen los adultos. En segundos la comparsa del “Distrito Municipal, la Sabia, la quemada y los blancos” desfilan con trajes de jueces.
Luego se suma a la fiesta “La Camiona” en este un camión lleva muñecos para simular nacionales haitianos, policías reales montados detrás, vigilan como si los muñecos de papel poseen un plan de escape. “Las abecichas”, “Reina indígena Anacaona” traen Roba la gallina y califes. En el desfile, los fotógrafos bailan y se mueven junto a las comparsas para capturar a los actores del evento.
De repente, tres ataúdes. Rojo y blanco. “Ni una más, ni una más”, dice un joven tras la verja.
Un momento de silencio, en un carro con el símbolo nazi, Hitler hace su entrada al carnaval él y sus guardias de seguridad se robaron la vista de todos. Detrás la caravana de los muertos, caminan de aquí para allá sin orden alguno, en tanto un hombre está en una camioneta partido a la mitad y sus entrañas se muestra a la vista de todos.
En la multitud se escucha: “¡Ese es del padre, ese es del padre!”, mientras una monja embarazada se convierte en el centro de atención al saludar al público.
Un tumulto en el desfile. “ay míralas están peleando” dice una mujer que escanea con la mirada las actrices del conflicto. En una comparsa, dos chicas discuten, sus compañeras las sostienen para calmar la situación como si fueran precursoras de la paz. Las razones de la discusión se quedan en el olvido mientras el desfile avanza con su colorido.
“Muñeca sin rostro de puerto plata”, “Mujer vestida de tirigüillo”, “Musu” “Perdida en la caña” se inmiscuyen entre las comparsas. Detrás la comparsa “Entrega y muerto” la procesión de Jesús se mezcla entre las caretas y los látigos.
El mar se las arregló para asistir al desfile y envió su comparsa “Fiesta bajo el mar” todos sus animales marinos dijeron presente en la fiesta.
Son las siete de la noche. Los colores se aprovechan para dejar su aroma de felicidad, la dominicanidad, los bailes y la cultura disfrutan agarrados de la mano. Una tarde de alegría, vejigazos y sonrisas.


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